Infanticidio
(Expuesto en la VI edición de "Ensayos en Vivo", el jueves 30 de agosto en el CC Pachamama)
1. Hice un experimento con familiares y amigos. Le pedí a cada uno que dibujara una persona. La gran mayoría dibujó hombres. Algunas pocas mujeres dibujaron una mujer. Ninguno dibujó un niño.
2. Evidentemente, en el ideario general, los infantes no son personas. Son proyectos de personas, pasajeros en trance. Es más, cada uno es parte de la masa llamada “los niños”.
A ese conglomerado de entes le cae bien cualquier adjetivo. Uno no diría “Los hombres son hermosos”, pero sí uno dice “Paula es hermosa”.
En cambio los niños son todo y son a la vez su contrario. Los niños sí son hermosos, pero también asquerosos. Los niños son adorables, pero los niños son crueles. Los niños son amorosos, pero los niños son odiosos. La infancia es la falta de individuación.
3. Y como la infancia es la falta de individuación, la salida de la niñez es la separación de la masa y la constitución de uno como individuo. Mucho se ha teorizado sobre el fin de la niñez, pero yo agrego la siguiente hipótesis: cuando uno logra diferenciarse del resto de sus compañeritos, cuando puede separarse y ser uno, ahí aniquiló su infancia.
4. Un ejemplo tal vez sirva para ilustrar la situación: Cuando en una reunión familiar está servida la comida y alguno de los adultos no está sentado a la mesa, se lo llama por su nombre: “Martín, a comer”. Cuando, en cambio, ya está servida la mesa de los niños, un grito aglutina a todos esos pequeños comensales: “¡Chicos, a comer!”.
Y los niños sueñan con terminar con la infancia. Quieren sentarse a la mesa de los adultos, se quedan escuchando charlas de las que no entienden nada, quieren ser como los grandes. Quieren ser uno, y no parte de un todo. Quieren tomar café.
5. La puerta de salida de la niñez es entonces la definición de un carácter distintivo. Por eso, se abandona la infancia cuando uno, de la nada, por pura creatividad, (y aquí viene mi aporte teórico) inventa su primera firma. Uno va probando en los cuadernos hasta encontrar una representación que sea suya y de nadie más. Que lo identifique y que a la vez lo separe del resto.
6. Las firmas después se van modificando, se van perfeccionando, se le agregan firuletes, se hacen más ilegibles. Pero con una firma, uno se diferencia, estampa su individualidad.
En definitiva, uno es capaz de certificar, con un autógrafo, la muerte de su niñez.
1. Hice un experimento con familiares y amigos. Le pedí a cada uno que dibujara una persona. La gran mayoría dibujó hombres. Algunas pocas mujeres dibujaron una mujer. Ninguno dibujó un niño.
2. Evidentemente, en el ideario general, los infantes no son personas. Son proyectos de personas, pasajeros en trance. Es más, cada uno es parte de la masa llamada “los niños”.
A ese conglomerado de entes le cae bien cualquier adjetivo. Uno no diría “Los hombres son hermosos”, pero sí uno dice “Paula es hermosa”.
En cambio los niños son todo y son a la vez su contrario. Los niños sí son hermosos, pero también asquerosos. Los niños son adorables, pero los niños son crueles. Los niños son amorosos, pero los niños son odiosos. La infancia es la falta de individuación.
3. Y como la infancia es la falta de individuación, la salida de la niñez es la separación de la masa y la constitución de uno como individuo. Mucho se ha teorizado sobre el fin de la niñez, pero yo agrego la siguiente hipótesis: cuando uno logra diferenciarse del resto de sus compañeritos, cuando puede separarse y ser uno, ahí aniquiló su infancia.
4. Un ejemplo tal vez sirva para ilustrar la situación: Cuando en una reunión familiar está servida la comida y alguno de los adultos no está sentado a la mesa, se lo llama por su nombre: “Martín, a comer”. Cuando, en cambio, ya está servida la mesa de los niños, un grito aglutina a todos esos pequeños comensales: “¡Chicos, a comer!”.
Y los niños sueñan con terminar con la infancia. Quieren sentarse a la mesa de los adultos, se quedan escuchando charlas de las que no entienden nada, quieren ser como los grandes. Quieren ser uno, y no parte de un todo. Quieren tomar café.
5. La puerta de salida de la niñez es entonces la definición de un carácter distintivo. Por eso, se abandona la infancia cuando uno, de la nada, por pura creatividad, (y aquí viene mi aporte teórico) inventa su primera firma. Uno va probando en los cuadernos hasta encontrar una representación que sea suya y de nadie más. Que lo identifique y que a la vez lo separe del resto.
6. Las firmas después se van modificando, se van perfeccionando, se le agregan firuletes, se hacen más ilegibles. Pero con una firma, uno se diferencia, estampa su individualidad.
En definitiva, uno es capaz de certificar, con un autógrafo, la muerte de su niñez.


