20.9.07

Nunca más

Durante la primera sesión no me sentí muy cómodo. Él (esa vez fue un hombre, pero por la misma sala también pasaron mujeres) estaba visiblemente nervioso. Temblaba como los que conocen, aunque sólo sea por haberlo escuchado, el sufrimiento al que serán sometidos. Marcos Durreu era gordo, medía poco más que 1,60 y creía que con ese desfasaje capilar de izquierda a derecha podía engañar a quien lo viera de su inminente calvicie. Usaba unos anteojos pasados de moda, estaba mal afeitado y no se había dado cuenta de que la camisa blanca a rayas azules que vestía (y que lucía una aureola de café cercana al bolsillo en el pecho izquierdo, a su vez acompañada más abajo de pequeñas lágrimas marrones) se había escapado en una de sus puntas inferiores de la cintura de su pantalón. Transpiraba. Transpiraba mucho. Sudaba como esos ancianos excedidos de peso que pretenden liberar todas las toxinas acumuladas en cincuenta y siete años de cigarrillos y asados en una tarde de jogging por los Bosques de Palermo, creyéndo que si usan ropa de invierno en pleno verano adelgazarán lo suficiente para poder lucir, durante ese enero que cada vez está más próximo, alguno de los nuevos trajes de baño que su mujer, en un rapto de culpa durante su descarga de impotencia en el shopping, le compró en una de esas tiendas multimarca.
Si bien para la mayoría era nuestra primera experiencia, algunos colegas conocían ya los métodos a aplicar. En las experiencias iniciales es cuando el bagaje familiar o cultural pesa más. Después ya era imposible diferenciar a quiénes habíamos descubierto la aplicación de tormentos ese mismo año de los que estaban más curtidos al principio gracias a su trasfondo. Pero lo genial de las relaciones de sometimiento es que, por lo general, el débil está tan a merced del amo que desconoce en su totalidad la ignorancia que el poderoso puede llegar a tener aún siendo él (en este caso ellos) quien dirige la situación. Durreu sabía más que nosotros las miserias que podíamos hacerle vivir, y por eso no dejaba de emanar un olor rancio, un tanto ahumado, desde su piel -que ya era una con la tela barata de la camisa rayada-.
Lo habíamos discutido poco tiempo antes de que entrara a la sala y, por unanimidad, desistimos del dolor físico: la humillación intelectual nos parecía más efectiva y duradera. Ese hombre no nos olvidaría.
Poco importa el trabajo que hicimos sobre Durreu. Tal vez porque fue el primero, no lo saboreé tanto como los que vendrían después de él. El sadismo es como un buen vino de guarda: en el añejamiento está el secreto. Con los años nos volvimos más profesionales e incluso, sobre el final de nuestra carrera, creamos un departamento de investigación para, previamente, conocer los puntos flacos de nuestras víctimas y saber así si lo mejor era el ataque psicológico o el golpe sobre la carne.
Pero de todos los que vi entrar enteros y salir despedazados, Durreu ocupa un lugar privilegiado en mi conciencia.
Todavía lloro y me avergüenzo al recordar la tarde en que nos avisaron que había renunciado a seguir dando clases.

10.9.07

En honor a Verdi

1. La estética, supongo, es comparación. La evaluación es siempre relativa. Por más que haya expertos, madres y abuelas que digan, que perjuren -porque las abuelas "juran y perjuran" aunque no se muy bien lo que sea perjurar- que algo (uno) sea hermoso, se es más o menos bello que otro algo. No hay sillas lindas per se. Ni siquiera hay personas hermosas, sino que seguimos un patrón ya instalado en el arcón memorial que, a menos que acudamos a la duda hiperbólica cartesiana, no lo eliminamos. Y nos creemos que ________ (llene con el nombre que desee), es lindo/a de verdad. Pero no.

2. Pero si convenimos en una jerarquía de hermosura (y aunque comulgue con la necesidad de no aceptar esta idea, bien hacia mis adentros se que sí, que es cierto que existen cosas universalmente aceptables como bellas, y no me vengan con la subjetividad necesaria para ser individuos, porque todo aquel que le niegue hermosura a una mujer como Scarlett Johanson está posando), decía que si estamos de acuerdo en reglas medianamente establecidas, la pregunta que nace de mis cartílagos (¿O acaso las dudas deben nacer de las entrañas?), es si los privilegiados que ocupan los primeros lugares del ranking se saben bellos.

3. "Obvio, flaco. Las minas se pavonean por ahí sabiéndose lindas. Lo hacen para calentar nomás", pensamos muchos. Hay otros que no, que están convencidos de que hombres y mujeres (y ahora ya me voy a centrar en el caso femenino por mi heterosexualidad y para no aburrir con casos viceversales) no conocen el efecto que causan en el otro. Pero quienes estamos seguros de que las dagas son empuñadas y no que se estacan por propia voluntad, creemos que las mujeres se saben bellas, pero: ¿Es esto un crimen?

4. Quienes optan por un sí -desdichados ellos a menos que consigan un cuerpo-, lo aseguran con un condimento rabioso, denostándolas por andar por el mundo siendo hermosas y no suyas. Ese pensamiento es una condena a la infelicidad eterna, justificada por un simple cálculo matemático: hay demasiadas Afroditas que nunca serán suyas.

5. Quienes negamos que esto sea punible y, por el contrario, disfrutamos de lo que la naturaleza y el paisaje nos otorgan luego de haber sido embaucados por la gracia divina, nos relajamos. Y sólo ese relajo, esa paz interior del espectador que disfruta porque entró de colado al show que, si bien ansiaba protagonizar, sabe que su vida no tendría sentido si no pudiera verlo, esa postura zen del "qué se le va a hacer", es lo que permite, lo que nos permite, regocijarnos con el advenimiento de la primavera.