Nunca más
Durante la primera sesión no me sentí muy cómodo. Él (esa vez fue un hombre, pero por la misma sala también pasaron mujeres) estaba visiblemente nervioso. Temblaba como los que conocen, aunque sólo sea por haberlo escuchado, el sufrimiento al que serán sometidos. Marcos Durreu era gordo, medía poco más que 1,60 y creía que con ese desfasaje capilar de izquierda a derecha podía engañar a quien lo viera de su inminente calvicie. Usaba unos anteojos pasados de moda, estaba mal afeitado y no se había dado cuenta de que la camisa blanca a rayas azules que vestía (y que lucía una aureola de café cercana al bolsillo en el pecho izquierdo, a su vez acompañada más abajo de pequeñas lágrimas marrones) se había escapado en una de sus puntas inferiores de la cintura de su pantalón. Transpiraba. Transpiraba mucho. Sudaba como esos ancianos excedidos de peso que pretenden liberar todas las toxinas acumuladas en cincuenta y siete años de cigarrillos y asados en una tarde de jogging por los Bosques de Palermo, creyéndo que si usan ropa de invierno en pleno verano adelgazarán lo suficiente para poder lucir, durante ese enero que cada vez está más próximo, alguno de los nuevos trajes de baño que su mujer, en un rapto de culpa durante su descarga de impotencia en el shopping, le compró en una de esas tiendas multimarca.
Si bien para la mayoría era nuestra primera experiencia, algunos colegas conocían ya los métodos a aplicar. En las experiencias iniciales es cuando el bagaje familiar o cultural pesa más. Después ya era imposible diferenciar a quiénes habíamos descubierto la aplicación de tormentos ese mismo año de los que estaban más curtidos al principio gracias a su trasfondo. Pero lo genial de las relaciones de sometimiento es que, por lo general, el débil está tan a merced del amo que desconoce en su totalidad la ignorancia que el poderoso puede llegar a tener aún siendo él (en este caso ellos) quien dirige la situación. Durreu sabía más que nosotros las miserias que podíamos hacerle vivir, y por eso no dejaba de emanar un olor rancio, un tanto ahumado, desde su piel -que ya era una con la tela barata de la camisa rayada-.
Lo habíamos discutido poco tiempo antes de que entrara a la sala y, por unanimidad, desistimos del dolor físico: la humillación intelectual nos parecía más efectiva y duradera. Ese hombre no nos olvidaría.
Poco importa el trabajo que hicimos sobre Durreu. Tal vez porque fue el primero, no lo saboreé tanto como los que vendrían después de él. El sadismo es como un buen vino de guarda: en el añejamiento está el secreto. Con los años nos volvimos más profesionales e incluso, sobre el final de nuestra carrera, creamos un departamento de investigación para, previamente, conocer los puntos flacos de nuestras víctimas y saber así si lo mejor era el ataque psicológico o el golpe sobre la carne.
Pero de todos los que vi entrar enteros y salir despedazados, Durreu ocupa un lugar privilegiado en mi conciencia.
Todavía lloro y me avergüenzo al recordar la tarde en que nos avisaron que había renunciado a seguir dando clases.
Si bien para la mayoría era nuestra primera experiencia, algunos colegas conocían ya los métodos a aplicar. En las experiencias iniciales es cuando el bagaje familiar o cultural pesa más. Después ya era imposible diferenciar a quiénes habíamos descubierto la aplicación de tormentos ese mismo año de los que estaban más curtidos al principio gracias a su trasfondo. Pero lo genial de las relaciones de sometimiento es que, por lo general, el débil está tan a merced del amo que desconoce en su totalidad la ignorancia que el poderoso puede llegar a tener aún siendo él (en este caso ellos) quien dirige la situación. Durreu sabía más que nosotros las miserias que podíamos hacerle vivir, y por eso no dejaba de emanar un olor rancio, un tanto ahumado, desde su piel -que ya era una con la tela barata de la camisa rayada-.
Lo habíamos discutido poco tiempo antes de que entrara a la sala y, por unanimidad, desistimos del dolor físico: la humillación intelectual nos parecía más efectiva y duradera. Ese hombre no nos olvidaría.
Poco importa el trabajo que hicimos sobre Durreu. Tal vez porque fue el primero, no lo saboreé tanto como los que vendrían después de él. El sadismo es como un buen vino de guarda: en el añejamiento está el secreto. Con los años nos volvimos más profesionales e incluso, sobre el final de nuestra carrera, creamos un departamento de investigación para, previamente, conocer los puntos flacos de nuestras víctimas y saber así si lo mejor era el ataque psicológico o el golpe sobre la carne.
Pero de todos los que vi entrar enteros y salir despedazados, Durreu ocupa un lugar privilegiado en mi conciencia.
Todavía lloro y me avergüenzo al recordar la tarde en que nos avisaron que había renunciado a seguir dando clases.
