10.9.07

En honor a Verdi

1. La estética, supongo, es comparación. La evaluación es siempre relativa. Por más que haya expertos, madres y abuelas que digan, que perjuren -porque las abuelas "juran y perjuran" aunque no se muy bien lo que sea perjurar- que algo (uno) sea hermoso, se es más o menos bello que otro algo. No hay sillas lindas per se. Ni siquiera hay personas hermosas, sino que seguimos un patrón ya instalado en el arcón memorial que, a menos que acudamos a la duda hiperbólica cartesiana, no lo eliminamos. Y nos creemos que ________ (llene con el nombre que desee), es lindo/a de verdad. Pero no.

2. Pero si convenimos en una jerarquía de hermosura (y aunque comulgue con la necesidad de no aceptar esta idea, bien hacia mis adentros se que sí, que es cierto que existen cosas universalmente aceptables como bellas, y no me vengan con la subjetividad necesaria para ser individuos, porque todo aquel que le niegue hermosura a una mujer como Scarlett Johanson está posando), decía que si estamos de acuerdo en reglas medianamente establecidas, la pregunta que nace de mis cartílagos (¿O acaso las dudas deben nacer de las entrañas?), es si los privilegiados que ocupan los primeros lugares del ranking se saben bellos.

3. "Obvio, flaco. Las minas se pavonean por ahí sabiéndose lindas. Lo hacen para calentar nomás", pensamos muchos. Hay otros que no, que están convencidos de que hombres y mujeres (y ahora ya me voy a centrar en el caso femenino por mi heterosexualidad y para no aburrir con casos viceversales) no conocen el efecto que causan en el otro. Pero quienes estamos seguros de que las dagas son empuñadas y no que se estacan por propia voluntad, creemos que las mujeres se saben bellas, pero: ¿Es esto un crimen?

4. Quienes optan por un sí -desdichados ellos a menos que consigan un cuerpo-, lo aseguran con un condimento rabioso, denostándolas por andar por el mundo siendo hermosas y no suyas. Ese pensamiento es una condena a la infelicidad eterna, justificada por un simple cálculo matemático: hay demasiadas Afroditas que nunca serán suyas.

5. Quienes negamos que esto sea punible y, por el contrario, disfrutamos de lo que la naturaleza y el paisaje nos otorgan luego de haber sido embaucados por la gracia divina, nos relajamos. Y sólo ese relajo, esa paz interior del espectador que disfruta porque entró de colado al show que, si bien ansiaba protagonizar, sabe que su vida no tendría sentido si no pudiera verlo, esa postura zen del "qué se le va a hacer", es lo que permite, lo que nos permite, regocijarnos con el advenimiento de la primavera.

1 Comments:

Blogger Agustín Jerónimo Valle said...

La belleza, seg�n Solari, es: lo que te da felicidad.

5:38 p. m.  

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