9.11.07

En el nombre de alguien

(Expuesto en la 7ma edición de "Ensayos En Vivo", el 7 de nov.)

El siguiente texto puede resultar ofensivo

1. Me llamo Martín. No lo menciono para reafirmar mi personalidad, sino porque tengo el gusto; no, el privilegio; no, la suerte de ser uno de los pocos que están conformes con su nombre. Y la palabra exacta es suerte, porque el nombre es la primera imposición que los humanos recibimos, y no hay nada que hacer con eso.

2. Uno se llama como le dicen que se llame, y no hay vuelta atrás. Porque, si bien uno puede tener un nombre artístico, un sobrenombre o incluso puede cambiarse el nombre y hacer todos esos eternos trámites burocráticos como para eliminar todo resabio de él en los documentos; uno internamente sabe que en realidad, está tapando otro nombre, que está ahí, acechándolo en los archivos de su pasado.

3. Otra vía de escape al nombre original es, para los que lo tengan, el segundo nombre. Puede ser que su primer nombre se lo hayan puesto en honor a un familiar muerto, a un viejo conocido de la familia, o al autor del momento que le gustaba a mamá. Pero si uno tiene un segundo nombre, puede ocultar el primero. Muchas veces es justamente un padre el que, previendo los problemas que le puede traer a su hijo un nombre que desentone, el que insiste con ponerle una segunda denominación al hijo.
Aunque esto puede traer inconvenientes: Me acuerdo de cuando en tercer grado la maestra leyó mal la lista: todos nos enteramos de que Marquitos en realidad se llamaba Saúl. Nunca más le dijimos Marcos: su verdadero nombre había regresado desde el entierro.

4. Y los nombres aparentemente importan. Encabezan la jerarquía en el intercambio con otros. En general, cuando uno conoce a otra persona, se presenta con el nombre. Pero uno tiene miles de cosas en la cabeza y se olvida del nombre. Y es tal la importancia que le damos que uno le pide al otro perdón por el olvido: "disculpá, ¿cómo te llamabas?"

5. Sabemos el nombre de nuestras parejas, pero rara vez recordamos, por ejemplo, cuánto calzan, cuándo cumplen años, su signo.
Y somos nosotros, los humanos, los que hemos inflado la trascendencia del nombre, pusimos al nombre en un pedestal del que es complicado bajarlo.

6. ¿Cómo empezó la fascinación por el nombre? En los inicios de la humanidad, tenían un sentido explicativo o utilitario. Adán, en teoría el primer hombre sobre el planeta y por eso el primer nombre puesto a una persona, se llamó así por eden, de la tierra. Con las religiones, hubo un nexo muy fuerte entre lo divino y los nombres. Jesús, del hebreo Yoshua, quiere decir Dios es salvación. Y ya después se ponían nombres porque gustaban, más allá de su significado etimológico.

7. Y en esto de poner nombres porque nos gustan, los seres humanos odiamos que nos pongan límites. Entonces expandimos las fronteras de los nombres. Y un día los objetos externos empezaron a servir: primero tímidamente, Flor, Violeta, Jazmín, Dalia. Nos envalentonamos, tomamos la paleta y : Celeste, Azul, Blanca. Hubo un momento en que nos volvemos metafísicos y los sentimientos nos parecen buenos nombres: Esperanza, Soledad, Dolores. Y después ya no hubo modo de frenarlo: no sólo los Peñarol en el Uruguay; acá tenemos Alma, Bambú, Indio.

8. Pero mientras tanto, algo pasaba y no nos dábamos cuenta. Una revolución sucedía ante nuestros ojos, la permitíamos, incluso la alimentábamos: los nombres comenzaban a tener fuerza propia. Cada vez más, los nombres acrecentaban su poder, y, como fue paulatinamente, no nos dimos cuenta. Ahora ya es demasiado tarde: Gobiernan los nombres. Algunos están cegados y pensarán tal vez que soy casi un fanático loco. Dirán: este hombre es uno de esos pastores evangelistas, perdió el norte, hay que internarlo. Pero yo sólo cumplo con advertirles. Los nombres, esos grupos de letras a los que nosotros le dimos vida, se volvieron en contra de sus amos y nos mantienen dominados. Es cuestión de tiempo para que cada uno de nosotros se de cuenta de esto.
¿Cómo me di cuenta de que estamos bajo el control de los nombres? Hace unas semanas, conocí a una chica que me dijo: "¿Te llamás Martín? Qué raro, porque tenés cara de Gustavo".