12.1.09

Cuadro

El trazo definitivo fue para sus ojos.
Marlene seguía acostada en esa postura incómoda, con todo el cuerpo dándole la espalda pero con la cabeza torcida, mirando por el ventanal. La lluvia no había impedido que saliera el sol, y la playa es siempre más hermosa durante un aguacero. Las gaviotas buscaban cobijo en la galería trasera del caserón; temblaban de frío.
- Los días así me dan ganas de llorar -dijo ella, sin saber que el cuadro ya estaba terminado.
Cabellera larga, rubia, que se desmoronaba sobre sus hombros como un edificio en implosión. Las arrugas de su cuello, dunas de terciopelo blanco perlado. El lunar en su mejilla, ojo de alguna noche. El brazo izquierdo mantenía la tensión, soportando el peso del cuerpo.
El pintor seguía observándola, disfrutándola. Acuarelas desparramadas por el piso, paletas secas ya. Acrílicos multicolores y los pinceles, mucho más largos que los de las películas.
El viento que agitaba las olas en la costa golpeaba también las copas de los árboles que decoraban el jardín delantero. La casa más cercana, a quince kilómetros.
El auto se detuvo en la entrada.
Sigiloso, bajó sin cerrar la puerta del vehículo: la lluvia lastimaba el tapizado de cuero negro.
¿Lágrimas o gotas?
Una liebre salió disparada de los matorrales lindantes al portón.
Se asomó a la ventana de entrada, sin importarle destruir las flores.
Se acercó despacio, temblando, al vidrio traslúcido.
Ya lo sabía, pero lo confirmó.
Y decidió nunca más pisar la costa.